Más allá de la Comida Que Cura, mi historia personal.

Hoy dejo a un lado las recetas y comparto unos pensamientos un poco más personales. Hace casi un año que empecé a escribir el blog y siento que es el momento de revisar y renovar algunas ideas. Espero que este escrito pueda ayudar a personas que están pasando por un proceso similar al que yo he vivido.

Muy resumidamente, os pongo en situación. Hace dos años y cuatro meses (escribo este artículo en Febrero de 2016) algo empezó a cambiar en mi. Aun no sabía lo que era, pero ahora os puedo decir que fue el inicio de mi artritis reumatoide. Para no alargarme, me salto todos los detalles sobre cómo tuve que luchar para conseguir un diagnóstico “fiable” y también, porque no es lo que nos interesa, el tiempo que estuve tratándome de forma alopática. Sólo os contaré que estuve 4 meses inyectándome semanalmente metrotexato sin muchos resultados pero sí con efectos secundarios devastadores. También estuve un año y medio tomando diariamente antiinflamatorios tipo AINE para poder, al menos, echar a caminar por las mañanas. Por suerte para mi, todo esto cambió cuando cambié la alimentación, pero os diré (y es en esto precisamente en lo que quiero profundizar hoy) que pasaron también otras muchas cosas clave para que todo volviera a la normalidad dentro de mi.

En mi caso (y en el vuestro) está bien parar y hacer un poco de balance. ¿En qué punto de mi vida estoy? ¿Qué ha pasado en los últimos años que me haya influido tanto? Antes de seguir, quiero dejar muy clara mi posición respecto a este punto. No creo que tengamos que justificar nuestra situación (en la salud o en la enfermedad) tirando balones fuera. Quiero decir que obviamente lo que pasa en nuestro entorno nos influye de tal manera que acaba siendo parte de nosotros, pero que no caigamos en el error de culpar al destino (o a las personas que tengamos a nuestro alrededor) de nuestras desgracias. Por eso, plantéate qué situaciones has vivido en los últimos años y cómo las has gestionado. Qué “te pesa” hasta el punto de “paralizarte”, muchas veces no sabemos fluir en las situaciones, no es culpa nuestra. Ni culpa de nadie.

Se dice que la enfermedad es un aviso (algunos lo llaman oportunidad) para el cambio, para avanzar en nuestra evolución personal. Sé de buena mano que hay etapas dentro de la enfermedad en el que esto te repatea, en las que lo ves sólo como una excusa barata para justificar lo que te pasa, o una frase que utilizan los conocidos cuando no saben qué más decirte. Más allá de los tópicos, realmente la enfermedad es una gran oportunidad. Pero tenemos que ser capaces de despertar, de mirarla a los ojos y sentirnos fuertes y libres para fluir con ella. Quizás algunos esperabais que acabara la frase anterior diciendo “… fuertes y libres para luchar contra ella”, pero ese, desde mi experiencia, es el primer y más grave error que cometemos. La enfermedad, aunque se sienta así, no es nuestra enemiga, es nuestra maestra. En mi caso personal, entendí esto el mismo instante en el que decidí abandonar el tratamiento de metrotexato. Fue la decisión de la que he estado más convencida en toda mi vida. La tomé desde el entendimiento más profundo, sin ningún tipo de miedo y sintiendo una extraña sensación de libertad, optimismo y seguridad en mi misma. Ese fue el momento en el que todo cambió. No quiero decir que tú tengas que dejar tu tratamiento, yo no tengo la capacidad para decidir por ti, ni nadie la tiene. Tú mismo has de valorar desde la madurez del adulto, si es el momento o no para dejar o continuar con cualquier tratamiento o medicamento.

Otra “perla” en mi proceso de acompañamiento de la enfermedad, fue una simple frase que leí: “el poder que crea el cuerpo, cura el cuerpo” Entendí entonces que somos energía. Esa energía no tiene ninguna cualidad, no es buena ni mala, simplemente es una fuerza que se moldea igual que el agua se adapta al recipiente en el que se vierte. Entonces, si mi cuerpo (o si se me permite un capricho personal), si mi cuerpo y mi espíritu, han levantado determinada cantidad de energía capaz de provocar enfermedad en mi, ¿por qué no puedo utilizar esa misma cantidad de energía, esa idéntica energía, para devolverle el equilibrio? Es, simplemente, un cambio de dirección, un nuevo objetivo.

Pero volviendo al entorno y a mi caso personal, en el momento en el que yo me encontré ante mi enfermedad, así, sin miedo, entregada completamente a lo que ella deparaba para mi. Me planteé qué había pasado fuera de mi que tenía tanto peso dentro de mi. Y la verdad es que venía de unos meses de cambios radicales e intensos: tuve que cambiar repentinamente de país, llevando toda mi vida en una maleta, “abandonando” sin saber hasta cuando a mi compañero de vida y, sobretodo, para enfrentar el cáncer de un ser querido. Lo cierto es que, extrañamente, cuando recuerdo esos meses, no siento pena, ni amargura ni siquiera lo vivo como una etapa dramática o dura. Tuve la entereza de llevarlo todo con energía e incluso un cierto optimismo. Pero, sospechosamente, cuando todo eso empezó a cambiar y las cosas se calmaron, apareció en mi vida la artritis, como si todas las lágrimas que no lloré se hubieran acumulado en mis articulaciones.

Es muy fácil decir que la enfermedad siempre tiene un componente emocional y que, trabajándolo, la enfermedad mejora o desaparece. Pero a ver quién es el listo que puede trabajarse sus miedos, frustraciones o conflictos cuando la mayoría, están escondidos en nuestro subconsciente. Las terapias ayudan, pero no todos encajamos con el mismo tipo de trabajo terapéutico y, si no nos funciona a la primera, perdemos la “fe” en su efectividad.

Paralelamente, existe una evidencia que es que el cuerpo necesita de una serie de nutrientes para seguir en marcha, y no necesita para nada otra cantidad de sustancias que por desgracia hoy en día suelen consumirse en exceso. Por eso soy tan “pesada” con la comida que cura, porque para trabajar en las profundidades, debemos contar con un medio adecuado. Y el cuerpo es ese “templo” en el que buscar el cobijo y la paz.

Así que para no alargarme más, quiero acabar contando que mi situación actual es estable y tranquila. La artritis no me molesta a mí y yo tampoco le presto mucha atención a ella. De vez en cuando, se pasa a hacerme una visita, algo “formal” que no suele alargarse más de unas horas. Más que como un recordatorio de que sigue ahí, “flotando” a mi alrededor, es un aviso que me dice que no tengo que abandonarme tal y como quizás lo he hecho en algún momento del pasado, tanto emocionalmente como en el ámbito de la salud: dieta, ejercicio, descanso… De nuevo, más que como una enemiga, la artritis viene de visita esporádicamente como una antigua maestra, una vieja conocida que me mantiene unida a una etapa de mi vida que no quiero ni debo olvidar.

A nivel práctico, esta estabilidad me permite tener un poco más de vida social, comer algunos alimentos que antes no toleraba, como la mayoría de la Fase 3 de la Dieta que Cura o algún producto que otro con gluten como la avena o la espelta de vez en cuando. Eso sí, cuando me paso, mi cuerpo ya me avisa de que tengo que rectificar el exceso para recuperar el equilibrio. Lo que quiero mostrar con esto, es que la Dieta que Cura en su fase más extrema, es un tratamiento que tiene un principio y un fin, algo que no vas a tener que hacer para siempre. A veces me habéis preguntado cuánto tiempo hay que seguir cada fase de la Dieta, pero no hay una respuesta, para cada uno es diferente y depende también de lo bien que lo hagas. Al principio no hay que saltarse nada de nada, hay que ser estricto. Luego la cosa irá aflojando, el cuerpo se fortalecerá y estabilizará poco a poco, con sus idas y venidas. Pero has de tener paciencia y ser perseverante.

Espero que este artículo un poco diferente os haya ayudado a entender un poco más mi situación y quizás, sea también una referencia si te encuentras tratando alguna enfermedad autoinmune con alimentación y estilo de vida saludable.

Te invito a que compartas tu experiencia e inquietudes en los comentarios o que me escribas un correo o que te pases por las redes sociales de Comida que Cura.

¡Mucha suerte y fuerza! Por aquí seguiremos cuidándonos con una Comida que Cura deliciosa.

Tomato wannabe: salsa de tomate sin tomate

Esta es la receta que agradeces infinitamente cuando estás tratando tu Artritis Reumatoide (RA) a través de la Fase 3 de la Dieta que Cura, y te enteras de que el tomate ha de desaparecer de tus comidas. Puede ser que para ti esto sea fácil. En mi caso, tengo una seria dependencia del tomate. Me encanta. Pero esta receta de hoy o “cheat meal” (comida con trampa) cubrirá tu “dosis” necesaria de tomate.Salsa de no tomate

Esta salsa, está basada en la receta de Cocina Macrobiótica Mediterránea, de quien he aprendido (y sigo aprendiendo) mucho. Pero yo he hecho algunos pequeños cambios, he eliminado algunos ingredientes y añadido el vinagre, que a mi parecer, hace que el sabor de la salsa sea más parecida a la el tomate “real”. La puedes usar como fondo de muchas recetas: para pasta (sin gluten), arroz o cualquier cereal, lasaña, como base de otroas salsas o patés… Yo he hecho hasta conservas, para tener siempre a punto mi salsa de tomate wannabe.

Ingredientes
1 bote de remolacha ecológica o 2 remolachas hervidas o frescas
1 cebolla
2 dientes de ajo
1 tira de alga kombu de unos 2-3 cm.
1 c.p. de pasta de umeboshi
1 c.s. orégano seco
1 c.s. de vinagre de manzana (sólo si no usas remolacha en conserva)
1/4 taza de agua
Para cocinar: aceite de coco (insaboro) o aceite de oliva, sésamo…

Preparación
Para empezar, si utilizar remolachas frescas, pélalas y hiérvelas hasta que queden blanditas. En este caso, añadirás a tu receta una cucharada sopera de vinagre de manzana que incorporarás a la hora de triturar. Si usas remolacha previamente hervida (las que venden peladas y entereas, envasadas al vacío) sólo tendrás que cortarlas y reservar. Si usas remolacha en conserva, primero pruébala, para ver si está demasiado avinagrada, si la encuentras muy fuerte de sabor, lávala un poquito con ayuda de un colador. Aquí te explico por qué me gusta usar remolacha en conserva para las recetas que quieren imitar el sabor del tomate. Seguidamente, corta la cebolla a cubitos y reoga en una sartén junto con el aceite que utilices (coco, oliva, sésamo…) y un poquito de sal. Te recomiendo que cada vez que tengas que reogar cebolla lo hagas al estilo mecrobiótico: primero, con un fuego medio-alto, pero sin pasarte, luego es importante que constantemente remuevas la cebolla con una cuchara de madera, lo que en macro llaman “yanguinizar”, no voy a entrar en detalles, pero es interesante desde el punto de vista energético de los alimentos y también para que nuestra cebolla quede perfecta. Cuando la cebolla empiece a estar transparente, añade los ajos picados y sigue removiendo. Después de unos 3 minutos añadiremos la remolacha, el agua, la tira de kombu y el orégano y dejaremos que todo se cocine a fuego medio-bajo y con tapa por unos 10 minutos. Pasado ese tiempo, añade la mezcla al vaso de la batidora y tritura junto a la cucharadita de pasta de umeboshi y, si no has utilizado remolacha en conserva, también la cucharada sopera de vinagre de manzana.

¡Esto es todo! Consérvala en botes de cristal en la nevera. También puedes hacer conservas poniendo los botes al baño maría durante media hora y luego dejar que se enfríen boca abajo.